delphi-rueda-cronica-k8se-620x349abcLos trabajadores que han protagonizado el encierro laboral más largo en España ponen fin a su protesta de tres años entre lágrimas, constancia y acusaciones

Nada más nostálgico que el mundo bucólico de obreros felices y orgullosos que nunca volverá, el de compañeros que iban y venían juntos a la factoría, que tomaban el café o la cerveza antes o después y hasta quedaban con las familias los domingos. Había trabajo para todos, «hacíamos barcos o aviones o coches o piezas pero cosas de verdad, que se podían construir, tocar», clamaba Tommy Lee Jones en ‘Company men’ ante un astillero abandonado.

Nada más melancólico que una mudanza. También cuando se deja de vivir en el desvencijado salón de actos del edificio Sindicatos. Cada objeto -cajas, colchonetas, cafeteras…- apilado a la espera de traslado escupe un recuerdo nada más mirarlo. Un televisor (tan viejo y modesto que tiene tubo) tiene la pantalla contra el respaldo de un sofá raído. Ya no hay nada que ver. La película se acabó y de las paredes cuelgan fotografías en blanco y negro del drama de las mil y una noches, de protesta solitaria, de las manifestaciones con rabia y pancarta. Están a la espera de traslado como los fotogramas de las películas en un cine abandonado. Más nostalgia, más pasado, todo adiós.

Si se juntan 236 obreros traicionados -todos por encima de los cuarenta y muchos, abandonados por cada institución y vecino- con una mudanza tras el encierro laboral más largo en la Historia de España ya resulta una orgía de melancolía, una sobredosis de tristeza que sólo un funeral puede superar. Y también tuvo de eso la despedida, de mortuorio y trágico.

El minuto de silencio sonó tan fuerte como las sirenas de la infancia, las que precedían al tradicional «niño, llévale el costo a tu padre». Costo, entonces, significaba algo más inocente, alimenticio y ritual. Cuando el portavoz leyó a los caídos por «enfermedad agravada por este calvario o por suicidio», la melancolía ya derivó en dolor: «Jose, Migue, Willy, Vicente…» y un trago de lágrimas amarrado a cada nombre.

La nostalgia siempre tienen cifras. Fechas, días, años… Esta tiene muchas. Acaban 1.074 días de claustro. En 2007, el mes número seis, se produjo el cierre de Delphi. «A 2.000 familias le rompieron la vida», dice el portavoz Fran Carretero. De esos afectados cada cual tiró por donde pudo: una pensión, emigración u otra empresa para los más jóvenes. Con los años, 480 se quedaron sin prejubilación, sin recolocación, sin nada. Eran los mayores. Les firmaron un documento de recolocación, un acuerdo firme, un compromiso formal, por escrito… Cuando eso significaba algo.

Entre febrero de 2007 y marzo de 2008 se celebraron tres procesos electorales en España: elecciones municipales, generales y autonómicas. Al PSOE le perseguía como un espectro el escándalo laboral Delphi, le estorbaba. El gobierno andaluz trató por todos los medios de callar a los trabajadores. Les firmó el Dispositivo de Tratamiento Singular (DTS), que venía a ser una extensión del fallido compromiso ya suscrito en verano de 2007. La mayoría de los que quedaban confió su suerte a esta segunda edición de la promesa que, otra vez, les aseguraba la recolocación y la formación.

Cuatro años de espera y no hubo nada. Fue la Junta de Andalucía, con Presidencia de José Antonio Griñán, la que admitió que no podía o no quería cumplir o ambas cosas. En 2012, llegaba el último palo para los que aún estaban a la espera de la extinta plantilla. Ya cansados de protestar y reclamar, de cursos de formación fallidos y promesas falsas, pero aún tuvieron fuerzas para pedir que Agustín, al que recuerdan y agradecen, les abriera de tapadillo la puerta del tétrico salón de Sindicatos en la avenida de Andalucía de Cádiz.

El 27 de enero de 2014, los más desesperados se encierran a vivir, o lo que sea, en ese espacio. Son apenas medio centenar en representación del cuarto de millar que sigue, siete años después, sin nada, sin presente, sin futuro, sin cumplimiento, ni siquiera con promesas nuevas. Nada. Ese encierro ha terminado este jueves 29 de diciembre de 2016, dos años y 11 meses después. Será por cifras, por números.

Carretero y el resto de portavoces aseguran que no se rinden, que no se dan por vencidos, que no se acaba pero la ceremonia sabe a derrota. Tienen el aspecto, el tono y la mirada de los asediados, de los que han combatido hasta el final, acorralados en una capilla laica en el culo del mundo cuando todos saben que la guerra ha terminado y se ha perdido. Ellos, no.

Les habrán abandonado pero no se abandonan. Se habrán rendido todos pero no se rinden. Aún así, cuesta negar la rendición. La de todos. La de las instituciones incapaces, la de los que se resignaron, la de una ciudad, una comarca, que ya ni siquiera espera industria y empleo como aquel, fijo, contante, tangible. La capitulación de una población entera que sabe que el tiempo nunca mete la marcha atrás.

Los afectados dicen en la despedida que «levantan el encierro para iniciar un nuevo rumbo en las movilizaciones», para echarse a la calle y «estar más cerca de los sindicatos». Sin embargo, en la retahíla de reproches recuerdan que Comisiones Obreras «les traicionó», que los partidos políticos -con el Gobierno de Madrid y el PSOE al frente, con mención al expresidente Manuel Chaves– «parecen tener derecho a mentir. Tienen derecho a mentir».

Califican a esos ejecutivos de «insensibles», incluso recuerdan que algunos de sus propios representantes laborales les abandonaron «por una prejubilación y casualmente al poco tiempo ingresaron en el Partido Socialista Español (sic)», eluden llamarlo obrero. Ya no quedan obreros, quedan ellos y vuelven a ponerse en manos ahora de los sindicatos aunque con otro número: «Nos han hecho mil veces más daño que nosotros a ellos». Carretero comparte micrófono con Francisco Serna. También, tono y desgarro.

Recuerdan que los cursos de recolocación sólo sirvieron «para que algunos como el exconsejero socialista Ángel Ojeda se enriqueciera con ellos» y que cuando aparecieron otras empresas, con otros empleos, «eligieron a dedo a los que entraban». Nunca eran ellos, los encerrados, los mayores. Repiten la palabra «traición» en una de cada dos frases. Dicen, una y otra vez, que les «vendieron humo», en forma de un compromiso de reubicación laboral que jamás se cumplió en el caso de los 236 últimos, de los encerrados o representados hasta este jueves.

Ahora dicen que lucharán por el cumplimiento de las 123 medidas -más cifras- que la Mesa por el Empleo de la Bahía de Cádiz acaba de elevar al Parlamento y considera imprescindibles para reindustrializar la comarca. El problema es que -menos ellos, los encerrados- todos los demás creen que la guerra se perdió hace tiempo, que ganaron los partidos que no cumplen, los sindicatos que no sirven, los medios que no cuentan, los ciudadanos que no miran. Aquel Cádiz de factorías y piezas metálicas, de sirenas y costo, de horarios y nómina, no va a volver. O eso creen todos. Menos ellos.

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